Cuando el conocimiento deja de escuchar

Cuando el conocimiento deja de escuchar

“El camino del necio es derecho en su opinión; mas el que obedece al consejo es sabio.” — Proverbios 12:15

Vivimos en una época que celebra el conocimiento.

Estudiamos, investigamos, analizamos, debatimos y aprendemos a defender nuestras ideas. Tener pensamiento crítico es importante. Hacer preguntas es saludable. No debemos aceptar todo ciegamente.

Pero existe un peligro del que hablamos poco:

que el conocimiento nos enseñe a cuestionarlo todo, excepto a nosotros mismos.

Una persona puede tener muchos estudios y poca prudencia. Puede conocer profundamente las Escrituras y tener dificultades para someter su carácter a ellas. Puede saber argumentar muy bien y, sin embargo, no saber cuándo es mejor guardar silencio.

Porque una cosa es tener conocimiento y otra muy diferente es tener sabiduría.

El conocimiento pregunta; la sabiduría discierne

El conocimiento nos ayuda a saber qué pensamos.

La sabiduría nos ayuda a preguntarnos si lo que pensamos debe ser dicho, cuándo debe ser dicho y cómo debe ser dicho.

Proverbios 26:12 dice:

“¿Has visto hombre sabio en su propia opinión? Más esperanza hay del necio que de él.”

El problema no es ser inteligente.

El problema es llegar al punto en que nuestra inteligencia se convierte en nuestra autoridad final.

Cuando eso sucede, cualquier consejo parece una amenaza, cualquier corrección parece un ataque y cualquier instrucción que contradiga nuestro criterio parece una injusticia.

Entonces dejamos de escuchar.

Y cuando dejamos de escuchar, comenzamos a creer que todo desacuerdo con nosotros es evidencia de que los demás no entienden.

Cuando el discernimiento se convierte en rebeldía

En la vida cristiana hablamos mucho del discernimiento.

Y debemos hacerlo.

La Biblia nos llama a examinarlo todo y retener lo bueno. Pero debemos tener cuidado con utilizar el lenguaje del discernimiento para justificar cualquier decisión personal.

No todo el que cuestiona una decisión está ejerciendo discernimiento.

No todo el que contradice una autoridad está siendo profético.

No todo el que habla públicamente está defendiendo la verdad.

Y no todo silencio significa cobardía.

A veces, guardar silencio es una expresión de sabiduría.

Hay momentos para hablar, pero también hay momentos para esperar.

Hay momentos para confrontar, pero también hay momentos para procesar.

Hay momentos para expresar desacuerdo, pero también hay momentos para respetar un proceso.

La madurez espiritual consiste en saber distinguirlos.

¿Qué hacemos cuando no estamos de acuerdo?

Aquí aparece una de las pruebas más difíciles del carácter.

Es fácil obedecer cuando estamos de acuerdo.

Es fácil respetar una decisión cuando coincide con nuestra opinión.

La verdadera prueba llega cuando una autoridad establece una instrucción que no nos gusta.

¿Qué hacemos entonces?

Podemos expresar nuestro desacuerdo por los canales correspondientes.

Podemos hacer preguntas.

Podemos solicitar una explicación.

Podemos presentar argumentos.

Podemos incluso considerar que una decisión necesita ser revisada.

Pero existe una diferencia entre disentir y desafiar, entre preguntar y desacatar, entre presentar una preocupación y hacer públicamente lo contrario de lo que se ha solicitado.

La manera en que manejamos nuestro desacuerdo revela mucho más de nuestro carácter que la manera en que expresamos nuestro acuerdo.

Saúl tenía una explicación

Uno de los relatos más importantes sobre obediencia se encuentra en 1 Samuel 15.

Saúl recibió una instrucción, pero decidió actuar de una manera diferente.

Lo interesante es que Saúl no se presentó diciendo:

“Yo soy rebelde.”

Al contrario.

Tenía una explicación.

Tenía argumentos.

Tenía una justificación religiosa.

Pero Samuel le respondió:

“Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios.”
— 1 Samuel 15:22

Aquí encontramos una verdad incómoda:

Podemos construir una explicación espiritual para una decisión que, en realidad, nace de nuestra propia voluntad.

Podemos vestir la desobediencia con palabras como “discernimiento”, “convicción”, “libertad”, “pensamiento crítico” o incluso “profecía”.

Pero cambiarle el nombre a una acción no cambia necesariamente su naturaleza.

Por eso debemos examinarnos.

No solamente debemos preguntarnos:

“¿Tengo razón?”

También debemos preguntarnos:

“¿Estoy obedeciendo?”

La sabiduría también sabe someterse

Santiago presenta una definición muy interesante de la verdadera sabiduría:

“¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre.”
— Santiago 3:13

Me llama la atención que Santiago no dice:

“Demuestre que es sabio ganando las discusiones.”

Tampoco dice:

“Demuestre que es sabio teniendo la última palabra.”

Dice:

“Buena conducta” y “sabia mansedumbre”.

La verdadera sabiduría tiene carácter.

Por eso una persona verdaderamente sabia puede decir:

“Quizás no estoy de acuerdo, pero voy a escuchar.”

Puede decir:

“Creo que existe otra manera de hacerlo, pero respetaré el proceso.”

Puede decir:

“Necesito tiempo para procesar esto.”

Y también puede decir:

“Me equivoqué.”

Estas palabras no disminuyen a una persona.

La hacen madura.

El peligro de creernos indispensables

Hay otro peligro todavía más sutil.

Cuando una persona lleva muchos años sirviendo, estudiando o ejerciendo liderazgo, puede comenzar a pensar que su experiencia le concede una autoridad especial para hacer lo que considere correcto.

Y ahí comienza el problema.

Porque el ministerio nunca fue diseñado para que una persona se convierta en su propia autoridad.

Jesús nos enseñó algo completamente diferente:

“El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor.”
— Mateo 20:26

En el Reino de Dios, grandeza y humildad caminan juntas.

La autoridad sin humildad puede convertirse en autoritarismo.

Pero también el conocimiento sin humildad puede convertirse en arrogancia.

Y la independencia sin responsabilidad puede convertirse en rebeldía.

¿Quién discierne al que dice tener discernimiento?

Esta pregunta merece nuestra atención.

Si yo digo:

“Yo discerní que esto está mal”,

¿quién está dispuesto a ayudarme a discernir mi propio discernimiento?

Porque todos podemos equivocarnos.

Todos podemos interpretar una situación desde nuestras emociones.

Todos podemos confundir convicción con preferencia.

Todos podemos interpretar resistencia como valentía.

Todos podemos pensar que estamos defendiendo la verdad cuando, en realidad, estamos defendiendo nuestro orgullo.

Por eso necesitamos comunidad.

Necesitamos consejo.

Necesitamos personas que puedan hablarnos con honestidad.

Necesitamos autoridades que puedan corregirnos.

Y, sobre todo, necesitamos un corazón dispuesto a reconocer:

“Puedo estar equivocado.”

La prueba no es cuánto sabemos

Quizás una de las preguntas más importantes que podemos hacernos como líderes no es:

¿Cuánto sé?

Sino:

¿Qué hago con lo que sé?

Porque el conocimiento puede hacernos impresionantes.

La sabiduría nos hace prudentes.

El conocimiento puede ayudarnos a hablar.

La sabiduría nos enseña cuándo callar.

El conocimiento puede enseñarnos a cuestionar.

La sabiduría nos enseña cuándo someternos.

El conocimiento puede mostrarnos nuestras capacidades.

La sabiduría nos recuerda nuestras limitaciones.

Y el conocimiento puede hacernos sentir superiores.

Pero la sabiduría nos lleva de rodillas.

Una última pregunta

Antes de publicar.

Antes de responder.

Antes de confrontar.

Antes de desafiar una decisión.

Antes de convertir nuestro desacuerdo en un asunto público.

Antes de decir:

“Yo sé que tengo razón.”

Hagámonos cuatro preguntas:

¿Es verdad?

¿Es necesario?

¿Es el momento correcto?

¿Estoy actuando desde la sabiduría o desde mi orgullo?

Porque quizás la mayor evidencia de madurez espiritual no sea tener una respuesta para cada pregunta.

Quizás sea tener la humildad suficiente para reconocer cuándo debemos esperar.

Y quizás la verdadera sabiduría no sea demostrar que podemos pensar por nosotros mismos.

Quizás sea descubrir que también necesitamos que Dios, la comunidad y personas sabias nos ayuden a pensar sobre nosotros mismos.

Al final, hay una diferencia enorme entre una persona que sabe mucho y una persona que sabe vivir lo que conoce.

Y esa diferencia tiene un nombre: sabiduría.

 

Les ama! 

 

Pastor Carlos Armando 

1 comment

Excelente escrito!

Héctor E Torres •

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