Es por gracia: el reto de vivir lo que predicamos

Es por gracia: el reto de vivir lo que predicamos

Hay momentos en los que miramos nuestra historia y nos preguntamos cómo hemos llegado hasta aquí. Recordamos nuestras inseguridades, los errores, las puertas cerradas y las experiencias que nos hicieron pensar en detenernos. Cuando observo mi propio camino, encuentro una respuesta que atraviesa cada etapa: es por gracia.

Escribí Es por gracia: Un camino hacia la voluntad del Padre para compartir lo que Dios ha hecho en mi vida y lo que he aprendido mientras respondía a su llamado. En sus páginas hay alegrías, preguntas, procesos difíciles y oportunidades para comenzar de nuevo. La parábola del hijo pródigo acompaña este recorrido y nos permite descubrir el corazón de un Padre que recibe, restaura y celebra el regreso de sus hijos.

Los cinco capítulos nos conducen desde la experiencia personal del llamado hasta una responsabilidad que compartimos como iglesia.

En "Yo hablaré por ti", comparto cómo Dios me llamó a predicar cuando mis inseguridades parecían pesar más que mis capacidades. Me costaba hablar en público y no podía imaginarme anunciando su Palabra. Aquella promesa me dio confianza para comenzar a prepararme. El capítulo invita a reconocer que nuestras limitaciones pueden ponerse en manos de Dios y que responder al llamado también requiere estudio, disciplina y disposición para ser transformados.

«El que llama, respalda» nos lleva a los procesos que aparecen después de responder. Recibir un llamado no elimina las dificultades. En mi formación hubo experiencias dolorosas, cuestionamientos y momentos de incertidumbre. Aprendí a reconocer el respaldo de Dios mientras me preparaba, recibía acompañamiento y continuaba caminando. También aprendí que pastorear implica mucho más que predicar: significa estar presente en la vida de las personas.

En «La naturaleza del Padre», examino la imagen de Dios que había construido desde mi juventud. Durante un tiempo interpretaba mis dificultades como castigos. La parábola de Lucas 15 me ayudó a descubrir a un Padre generoso, cercano al dolor humano y dispuesto a ofrecer nuevas oportunidades. Conocer ese amor cambia nuestra relación con Dios y nuestra manera de tratar a los demás.

«Sueños de Dios vs. aspiraciones personales» nos invita a revisar nuestras motivaciones. Podemos desear hacer grandes cosas y, aun así, necesitar discernir cuánto de ese deseo responde al servicio y cuánto a nuestra necesidad de reconocimiento. Las experiencias pastorales que comparto muestran la importancia de escuchar, trabajar en comunidad y acompañar incluso a quienes piensan diferente. La congregación está formada por personas que debemos aprender a amar mientras caminamos juntos.

Todo este recorrido desemboca en «Es por gracia: Un llamado a la iglesia». Aquí el mensaje se convierte en un reto colectivo: la gracia que hemos recibido debe hacerse visible en la gracia que ofrecemos.

Podemos hablar del amor de Dios y, sin darnos cuenta, levantar barreras para quienes buscan acercarse. Podemos anunciar el perdón mientras seguimos definiendo a una persona por su pasado. Podemos celebrar nuestras actividades y perder sensibilidad ante el sufrimiento de nuestra comunidad.

Por eso, el último capítulo nos invita a mirarnos con honestidad. ¿Qué encuentra una persona cuando llega a nuestra iglesia? ¿Encuentra escucha, dignidad y acompañamiento? ¿Celebramos que alguien comience a acercarse a Dios, aunque su proceso todavía esté lleno de preguntas?

El padre de la parábola nos ofrece una imagen que debería orientar nuestra vida congregacional: sale al encuentro de su hijo y lo recibe. Ese abrazo nos recuerda la responsabilidad de acoger y acompañar, confiando en la obra transformadora del Espíritu Santo. La enseñanza y el cuidado pastoral requieren paciencia, amor y respeto por las personas.

El reto también alcanza nuestra presencia fuera del templo. Una iglesia que vive la gracia escucha al que sufre, levanta al oprimido, practica la justicia, cuida la creación y sirve a su comunidad. Su mensaje adquiere fuerza cuando sus acciones devuelven esperanza y dignidad.

Quiero invitarte a llevar este llamado a una acción concreta esta semana: busca a alguien que se haya alejado, escucha sin apresurarte a juzgar, ofrece ayuda o revisa una práctica de tu congregación que pueda estar dificultando el acercamiento de otros. Pregúntate qué puedes hacer para que una persona experimente el amor del Padre a través de ti.

Ese es el reto que deseo dejar en tu corazón al terminar el libro. Que recordemos cómo Dios nos recibió y permitamos que esa memoria transforme nuestra manera de servir.

Porque nuestro llamado, nuestra vida y las oportunidades que hemos recibido son por gracia. Y esa gracia debe poder encontrarse también en nosotros.

 

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Por Carlos Armando López Gerena

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